Un andar pausado…
Salvador Gerardo Alonso y Caloca tiene un nombre casi tan largo como su mirada encendida, fiel reflejo de su vida y de sus pasiones. Parece escapado de una novela de Gabriel García Márquez. A menudo, sin darse cuenta, posa su mano en tu hombro y te conduce en un lento caminar hacia su geografía interior. Allí, desnuda sus pensamientos mientras susurra audacias inimaginables, roba tiempo al tiempo y muestra su gran secreto: lo real puede ser mágico, una extravagancia que solo comprenden los espíritus libres. De sus bolsillos extrae ideas y no deja que los surcos de su mano marquen su destino: es un personaje que ama construir el futuro y lo inventa cada día.
Cuando Salvador Alonso frunce el ceño, su rostro se tensa como un filamento de tungsteno, y esparce una luz que impregna a quienes lo rodean. Ejerce un liderazgo invisible, firme, sin estridencias. Consigue que sus palabras se escuchen en el silencio: usa un tono suave y pausado, como para no ofender, porque no necesita elevar la voz. Su autoridad emana de la confianza que inspira. Desprende humanidad y ternura. Es un hombre que llora, alimenta las emociones y las mima suavemente: humilde, respetuoso, entrañable, convincente y comprensivo. Un hombre sabio, que ha decidido vivir este siglo.

En ocasiones, Salvador se levanta absorto, arrastra los pies con parsimonia, pero te das cuenta de que no es así, que su mente vuela. Con una tiza, dibuja garabatos, fórmulas, años y números: “Amigo, este es el camino”. Deja el gis y te sonríe. Y tú miras la pizarra, memorizas los datos y comprendes que hay lugares donde el diluvio se prolonga cuatro años, once meses y dos días.
La última vez que le vi, llovía inmensamente. Su caminar era reflexivo. Posó su mano en mi hombro. “Qué bien que estés aquí”, sonrió. E inició un suave monólogo, convencido de que las cosas importantes no se fuerzan, se cultivan. Se fue con la lluvia, con su andar pausado, y en mi alma guardo su confesión.

