Cuando pensamos en seguros inclusivos, solemos asociarlos con el desafío de ampliar el acceso a la protección aseguradora para personas y comunidades que, por razones económicas, geográficas o sociales, han permanecido históricamente excluidas del mercado. Esa definición sigue siendo válida y continúa representando uno de los principales desafíos para nuestra industria. Sin embargo, mi reciente participación en el World Biodiversity Forum, celebrado en Davos (Suiza), me llevó a reflexionar sobre una dimensión que, a mi entender, comienza a adquirir una importancia creciente: los seguros inclusivos ya no solo deben preguntarse a quiénes proteger, sino también frente a qué riesgos deberán hacerlo en un mundo que está cambiando aceleradamente.
Organizado por la Universidad de Zúrich, el World Biodiversity Forum reunió en su cuarta edición a científicos, empresas, organismos internacionales, representantes gubernamentales, instituciones financieras y organizaciones de la sociedad civil bajo un objetivo común: debatir cómo construir modelos de desarrollo capaces de compatibilizar el crecimiento económico con la conservación del capital natural. Participé como expositora presentando una experiencia vinculada a seguros para la biodiversidad, pero lo más enriquecedor del encuentro no fue únicamente compartir una iniciativa, sino comprobar que prácticamente todas las discusiones convergían en una misma idea: los grandes desafíos del siglo XXI ya no pueden analizarse desde compartimentos estancos.
Durante décadas dividimos los problemas en categorías relativamente cómodas. La biodiversidad era un asunto de los biólogos; el cambio climático, de los especialistas ambientales; la economía, de los economistas; las finanzas, del sistema financiero; y el seguro, de quienes administramos riesgos. Sin embargo, la realidad demuestra cada vez con mayor claridad que esas fronteras son artificiales.
La pérdida de biodiversidad no constituye solamente un problema ambiental. También modifica la producción, altera las cadenas de valor, incrementa la vulnerabilidad de millones de personas y redefine los riesgos económicos que enfrentan familias, empresas y Estados. Cuando desaparecen los polinizadores, por ejemplo, no solo se pierde diversidad biológica: se compromete la productividad de cultivos de los que depende una parte sustancial de la alimentación mundial. Cuando se degradan humedales, bosques o arrecifes, también desaparecen barreras naturales que reducen inundaciones, amortiguan tormentas, regulan el agua y sostienen actividades económicas enteras. En otras palabras, el deterioro de los ecosistemas termina transformándose en un incremento del riesgo que luego intentamos gestionar desde otros ámbitos, entre ellos el asegurador.
Esa fue, probablemente, una de las reflexiones más valiosas que me traje de Davos. Si los riesgos están cambiando, también debe cambiar la forma en que los comprendemos.
En América Latina esta discusión resulta especialmente relevante. La región concentra una de las mayores riquezas biológicas del planeta, pero también importantes niveles de vulnerabilidad social y una significativa brecha de protección aseguradora. Millones de personas dependen directamente de la agricultura, la pesca, el turismo o de otros servicios que brinda la naturaleza para sostener sus ingresos. Al mismo tiempo, son quienes cuentan con menor capacidad para recuperarse cuando ocurre un evento adverso.
Tradicionalmente, los seguros inclusivos respondieron a ese desafío acercando productos más simples, primas accesibles y nuevos canales de distribución. Esa agenda continúa siendo indispensable. Sin embargo, hoy comienza a abrirse una oportunidad adicional: incorporar una mirada más amplia sobre el riesgo.
No se trata solamente de diseñar mejores productos para poblaciones vulnerables. Se trata también de reconocer que la resiliencia de esas personas depende, en buena medida, de la resiliencia de los sistemas naturales que sostienen sus medios de vida. Difícilmente podamos hablar de inclusión financiera si ignoramos aquello que hace posible la producción, el acceso al agua, la seguridad alimentaria o la estabilidad de los territorios donde viven esas comunidades.
Por eso creo que el futuro de los seguros inclusivos estará cada vez más vinculado con una visión sistémica del riesgo. La innovación seguirá siendo fundamental, ya sea mediante herramientas digitales, inteligencia artificial, seguros paramétricos o nuevos modelos de distribución. Pero ninguna innovación tecnológica reemplazará la necesidad de comprender mejor las relaciones entre economía, sociedad y naturaleza.
En los últimos años comenzaron a desarrollarse experiencias que muestran ese camino. Desde coberturas adaptadas a pequeños productores hasta soluciones orientadas a proteger ecosistemas cuya conservación reduce riesgos económicos para las comunidades. Todas ellas comparten un mismo principio: prevenir resulta, muchas veces, más eficiente que limitarse a reparar.
Esta mirada no implica abandonar la esencia del seguro. Por el contrario, supone volver a sus orígenes.
Mucho antes de convertirse en una industria, el seguro nació como un mecanismo de cooperación. Surgió cuando las personas comprendieron que existían pérdidas demasiado grandes para afrontarlas individualmente y decidieron compartir el riesgo. Ese principio continúa plenamente vigente. Lo que ha cambiado es la naturaleza de los desafíos que enfrentamos.
Hoy sabemos que algunos de esos riesgos no dependen exclusivamente de variables económicas o financieras. También dependen de la salud de los ecosistemas, de la estabilidad climática y de la capacidad de nuestras sociedades para adaptarse a escenarios cada vez más complejos.
Quizás allí resida el mayor reto —y también la mayor oportunidad— de los seguros inclusivos. No limitar la inclusión a incorporar nuevos asegurados, sino ampliar nuestra comprensión del riesgo y reconocer que proteger a las personas implica también proteger las condiciones que hacen posible su bienestar y su desarrollo.
Porque, en definitiva, no habrá comunidades resilientes sin ecosistemas resilientes. Y difícilmente podamos construir seguros verdaderamente inclusivos si dejamos fuera de la ecuación aquello que sostiene, al mismo tiempo, la vida, la economía y el futuro de las generaciones que vienen.
