Marcos, sí, Marcos Urarte, es como el tiempo. Transcurre. Deja las palabras. Las recoges, juegas con ellas, las desordenas y se las devuelves. Con cierta socarronería, lee el texto y piensa de nuevo.
¿Qué ocurre cuando las palabras cambian el orden de las cosas?
¿Cambian las cosas?
Para Marcos, sí. Cada nuevo empuje del tiempo es como el aliento, nuevo aire, nueva atmósfera. Y sabe, mejor que nadie, ver rolar el viento; por la forma de las olas, por el color del agua, y según soplen los vientos de su particular escala ‘beaufort’, te cuenta por dónde ruge el horizonte. Tensiona velas y sigue navegando.
Con Marcos, he sido timonel, segundo de a bordo, mientras él dibujaba cartas náuticas, trazaba rutas y revisaba profundidades. Es un faro en el mar, desafía la lógica, y eso solo puede hacerse cuando, rodeado de multitud de gente, eres capaz de aislar tu mente, y usando un viejo catalejo, poner rumbo a la incertidumbre. A veces, comparte el catalejo, y miras el horizonte desde el mismo puente, pero el instante ya pasó… Con este Marcos he convivido algunos años, y he aprendido a escuchar, leer, pensar y dibujar. Y mientras transitaba por esos saberes, un día me dio prestada una hoja de ruta de navegación nueva, no sé si procedente del futuro o de la lectura de la carta astral.
Puso pie a tierra, dejó su legado en la nave de la Fundación, y zarpó hacia nuevos faros. En el puente de mando, algunas indicaciones, no muchas. Su saber está en el no ser, en comprender que siempre hay horizontes que todavía no sabemos leer.
Marcos, sí, Marcos Urarte, es como una brisa suave, por eso tiene tanta fuerza. En el mar, y a veces en la vida, los cambios más profundos empiezan imperceptiblemente. Con una mirada. Con un silencio.

