La máscara
Genís Roca, arqueólogo, escribe que el siglo XXI ha destapado definitivamente sus cartas. La tecnología irrumpió con una fuerza inusual, fascinando, casi como un milagro, y, claro, el asombro nos dejó absortos. No nos dio tiempo a plantearnos ni el porqué ni el para qué, ni cuál era nuestra responsabilidad. El libre albedrío rompió los diques de contención social; la ética y la moral pasaron a formar parte de un sistema cultural antiguo. Confundimos asombro con sabiduría.
En esta hipnosis colectiva apareció la ira de la Naturaleza, una conciencia que castiga un crimen moralmente imperdonable: una civilización que no entiende el planeta que habita. Las catástrofes se sumaron al desconcierto. Y, en este baile de máscaras, algunos políticos han decidido reordenar el mundo. Nos queda claro, pues, que el problema no es la tecnología ni los liderazgos devengados; es la alianza entre fascinación y poder sin conciencia. Y así alcanzamos el túnel de la incertidumbre, un espacio que el mundo del Seguro observa con inquietud.
Hemos subvertido el orden y el comportamiento. Se lidera desde el relato y la realidad pasa factura. Siempre lo hace. Los mal llamados líderes sociales o políticos no son tanto causa como síntoma: emergen donde la complejidad exige respuestas simples y el miedo demanda culpables. Y es aquí donde el Seguro ocupa un lugar incómodo, pero esencial. Incómodo porque no vive del deseo, sino de la evidencia. Porque no promete mundos mejores, sino continuidad posible. Porque no elimina el riesgo, lo mide. No niega la pérdida, la repara. El Seguro opera desde una lógica casi contracultural: previsión, mutualización y responsabilidad compartida.
El mayor riesgo de nuestro tiempo ya no es solo natural, tecnológico o financiero. Es conductual. En ese paisaje, el Seguro se convierte en uno de los pocos espacios donde la consecuencia sigue importando. Donde alguien tiene que responder. Donde la palabra dada aún significa algo. Mientras el poder improvisa, el Seguro calcula. Mientras el liderazgo declama, el Seguro anticipa. Es una pedagogía silenciosa del límite, del coste, de la realidad.
Tal vez no podamos quitar todas las máscaras ni reordenar el mundo. Pero sí evitar que el desorden lo haga inviable. En ese esfuerzo discreto, técnico y profundamente humano, el Seguro sigue siendo uno de los pocos ejes capaces de garantizar resultados en un presente que ha decidido vivir, peligrosamente, sin hacerse cargo de ellos. La pregunta, entonces, no es qué se ha roto, sino cómo habitamos lo que queda.
En América Latina esta pregunta no es nueva. La región ha convivido históricamente con la fragilidad institucional, la desigualdad persistente y la tentación del atajo. La incertidumbre deja de ser un concepto académico y pasa a ser una experiencia cotidiana. Tal vez por eso, cuando el orden global se resquebraja, América Latina no se sorprende: reconoce el paisaje. Y sabe que, cuando el contrato social se tensiona, alguien tiene que sostener la continuidad.
Y ese alguien, muchas veces, ha sido el Seguro. No como sustituto de la política ni como paliativo social, sino como infraestructura silenciosa de estabilidad. Allí donde el discurso se vuelve volátil, el Seguro introduce método. Allí donde el futuro parece inabordable, introduce horizonte. No promete certidumbre, pero reduce el daño. No garantiza prosperidad, pero evita el colapso.
En el Foro de Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, lo expresó con una lucidez incómoda: «El orden ha terminado, aunque el decorado siga en pie». Si el decorado permanece, la tentación es seguir actuando como si nada hubiera cambiado: mantener la máscara. Pero tal vez esa ya no sea una opción. Prescindir de la máscara implica asumir la realidad. Si somos capaces de hacerlo, el Seguro puede seguir siendo —como lo ha sido tantas veces— uno de los últimos espacios donde la realidad no se disfraza y donde asumir el riesgo sigue siendo, todavía, una forma de civilización, una invitación explícita a la responsabilidad.