Latinoamérica: el seguro ante el reto de cerrar la brecha de protección

Después de más de 38 años en el sector asegurador -participando desde la industria, el supervisor, el mercado y espacios internacionales- sigo viendo una realidad que no deberíamos normalizar: en América Latina, el seguro continúa siendo pequeño frente a las necesidades de protección de las familias, las empresas y los gobiernos.

En 2024, el mercado asegurador latinoamericano alcanzó alrededor de 215 mil millones de dólares en primas, con un crecimiento cercano al 6%1. Vida mostró el mayor dinamismo, mientras que No Vida avanzó de manera más moderada. Aun así, la región sigue representando una proporción limitada dentro del mercado global. La penetración promedio en América Latina ronda el 3% del PIB y el gasto per cápita en seguros continúa rezagado frente a otras regiones.

Vistos en perspectiva, estas cifras confirman progreso, pero también reflejan el reto estructural más importante de nuestra industria: la brecha de protección. Diversas estimaciones señalan que el potencial de aseguramiento en América Latina podría ser varias veces el tamaño actual del mercado. En términos prácticos, esto implica que millones de personas y empresas enfrentan riesgos relevantes sin respaldo financiero suficiente. Y cuando ese respaldo no existe, el resultado es conocido: pérdida de patrimonio, interrupción de ingresos, endeudamiento y mayor presión sobre las finanzas públicas.

Parte de esta brecha se explica por el contexto regional. América Latina opera en un entorno de crecimiento moderado, volatilidad recurrente y restricciones fiscales. La recuperación no ha sido homogénea, y en varios países persisten condiciones financieras exigentes para hogares y empresas. Para el sector asegurador, esto se traduce en sensibilidad del consumidor al precio, presiones de costo y un desafío permanente: ampliar la cobertura sin comprometer la disciplina técnica.

A esto se suman cambios demográficos y sociales que redefinen la demanda: envejecimiento paulatino, necesidades crecientes de salud y ahorro para el retiro, y una informalidad que limita el acceso a esquemas tradicionales. En este punto, el seguro tiene una responsabilidad evidente: diseñar soluciones viables para distintos segmentos de ingreso y ocupación, con productos más simples, claros y pertinentes.

La digitalización y la innovación son, probablemente, los aceleradores más relevantes de esta etapa. Hoy la inteligencia artificial, el análisis predictivo y el aprendizaje automático ya están transformando la suscripción, la detección del fraude y el manejo de las reclamaciones. Su valor no está solo en automatizar procesos, sino en mejorar decisiones, reducir tiempos y elevar la experiencia del asegurado. En una región donde los costos de distribución siguen siendo altos y la cobertura es desigual, la tecnología puede ser un facilitador real de acceso: seguros embebidos, microseguros, productos modulares y modelos más flexibles. Pero la innovación requiere bases sólidas: gobierno de datos, ciberseguridad y protección al consumidor.

Otro tema ineludible es el cambio climático. Los fenómenos extremos elevan pérdidas, tensionan el reaseguro y obligan a revisar supuestos técnicos. Más allá de la discusión conceptual, el riesgo climático ya está en la agenda financiera y operativa. América Latina debe acelerar el desarrollo de soluciones que fortalezcan resiliencia: seguros paramétricos, esquemas público-privados, coberturas agrícolas y pecuarias, protección de infraestructura crítica e incentivos a la prevención y reducción del riesgo.

En paralelo, la regulación cumple un papel determinante. Desde la experiencia supervisora, una premisa se mantiene vigente: no hay inclusión sin solvencia, y no hay solvencia sin requerimientos acordes al riesgo, buen gobierno corporativo y una administración integral de riesgos. La evolución hacia marcos basados en riesgos ha sido esencial para fortalecer la estabilidad del sistema y proteger al asegurado. El reto hacia adelante es mantener el equilibrio: supervisión prudencial sólida, con espacio para la innovación y condiciones que promuevan una competencia sana y efectiva.

El sector asegurador en América Latina tiene condiciones para crecer, pero crecer exige productividad, innovación, disciplina técnica y una agenda coordinada con autoridades y actores relevantes. Y, sobre todo, requiere mantenerse enfocados: cerrar la brecha de protección es una necesidad económica y social.

En esa ruta, el diagnóstico internacional es consistente. De acuerdo con estimaciones de la Global Federation of Insurance Associations (GFIA)2, las brechas más relevantes para América Latina se concentran en pensiones, salud, riesgos cibernéticos y desastres naturales. Esta lectura marca una hoja de ruta clara: fortalecer el ahorro para el retiro; ampliar el acceso a soluciones de salud sostenibles; acelerar capacidades de resiliencia digital; y construir esquemas de transferencia de riesgos ante eventos catastróficos, con un mayor énfasis en prevención.

El reto es grande, pero también lo es la oportunidad. Si industria, supervisores y gobiernos avanzamos con soluciones viables, datos y evidencia, podremos ampliar la protección sin comprometer solvencia ni competencia. En un entorno de presiones macroeconómicas, transformación tecnológica y riesgos climáticos, el seguro no puede ser un actor pasivo. Debe ser una herramienta concreta de estabilidad y desarrollo. La transformación no es opcional: es la condición para que el seguro cumpla su función esencial, que es proteger y responder cuando más se necesita.

Norma Alicia Rosas Rodríguez
Directora General de AMIS Perspectivas del Sector Asegurador

  1.  Mapfre Economics. El mercado asegurador latinoamericano en 2024. ↩︎
  2. GFIA. Global protection gaps and recommendations for bridging them. March 2023 ↩︎