¿Líder se nace o se hace? La pregunta equivocada que seguimos haciendo

A finales de 2024 recibí un mensaje por LinkedIn.
Era Pasqual Llongueras, desde España, invitándome a dar una conferencia para la Fundación Iberoamericana del Seguro, en la Cumbre Iberoamericana del Seguro 2025, en Monterrey.
El tema giraba alrededor de una pregunta que incomoda, provoca y divide opiniones:

¿Líder se nace o se hace?

La he escuchado durante años en salas de consejo, comités ejecutivos y programas de liderazgo.
“Esa persona no nació líder.”
“Hay quien lo tiene y quien definitivamente no.”
Y aunque parece una pregunta válida, hoy estoy convencida de algo:
no estoy de acuerdo.

Cualquier profesional con consciencia de su capacidad de influir puede ser líder.
La verdadera pregunta no es si naciste o no líder, sino esta:

¿Desde dónde estás liderando hoy?

Porque he visto líderes brillantes operar en piloto automático.
Y también personas que jamás se imaginaron liderando transformarse cuando desarrollan presencia, consciencia y coherencia.

La caída libre del liderazgo tradicional

Muchos líderes llegan a posiciones de poder por resultados, expertise o trayectoria.
Y eso funciona… hasta cierto punto.
Pero llega un momento —a veces silencioso, a veces incómodo— en el que algo deja de sostenerse:

  • El equipo ya no responde igual
  • La influencia se diluye
  • Las conversaciones se vuelven transaccionales
  • El desgaste interno aumenta

Cuando no te das cuenta de que algo dejó de fluir y comienzas a ir a marchas forzadas —buscando reconocimiento, imponiendo o forzando las cosas— entras en una especie de caída libre. No siempre se nota por fuera, pero se siente por dentro.

Ahí aparece una distinción clave que quiero recalcar en este tema:
liderazgo transaccional vs. liderazgo consciente.

¿Estás liderando en piloto automático?

El liderazgo transaccional vive del intercambio: resultados por control, cumplimiento por presión, presencia física por autoridad.
Funciona en el corto plazo, pero cobra factura en el largo.

El liderazgo consciente, en cambio, parte de otro lugar:

  • Presencia real
  • Intención clara
  • Responsabilidad personal

No se trata de hacer más.
Se trata de estar más.

Es una fórmula de equilibrio entre ser y estar.
Porque liderar no es solo tomar decisiones. Es influir incluso cuando no estás en la sala.

“Liderar es que confíen en mí cuando no estoy en la sala.”

A veces suena casi como un dogma, y es justo ahí donde muchos concluyen: “Entonces yo no nací para ser líder”.
Ese es el error.
Esa influencia se puede provocar. Y comienza con confianza.

La ecuación de la confianza

Sin confianza, no hay liderazgo sostenible.
La confianza no es carisma. Tampoco es simpatía.

Es una ecuación muy concreta:

  • Credibilidad: lo que sabes y cómo lo comunicas
  • Fiabilidad: lo que prometes y cumples
  • Intimidad: qué tan seguro se siente el otro contigo

Estas variables se sostienen con comportamientos cotidianos: anticipar con transparencia, cumplir lo que prometes, hablar en la mesa y no debajo de ella, actuar con coherencia, consistencia y empatía.

Basta con que uno de estos elementos falle para que la ecuación se rompa.

Puedes tener experiencia y resultados, pero si eres deshonesto o traicionas la confianza de otros, esa credibilidad se debilita. Pensar que cumplir con “algunos” factores es suficiente es un grave error.

La confianza es integral.
Y el respeto —entender que el otro puede ser diferente sin estar equivocado— es su base.

Escucha activa: el músculo olvidado del liderazgo

Uno de los elementos que más fortalece la confianza es la escucha activa.
Y paradójicamente, es uno de los más subestimados.

Muchos líderes creen que escuchar es esperar su turno para hablar.
Otros creen que escuchar es tener siempre la respuesta.

No lo es.

La escucha activa es presencia total.
Es curiosidad genuina.
Es suspender el juicio para comprender, no para responder.
Cuando un equipo se siente escuchado:

  • Baja la defensiva
  • Aumenta la confianza
  • Se activa el compromiso

La escucha es una forma profunda de respeto. Y hoy, es una ventaja competitiva real.

Empatía, compasión y liderazgo de servicio

Durante años nos enseñaron que liderar era endurecerse.
Hoy sabemos que liderar es humanizar sin perder firmeza.

Hablamos de empatía, pero también de algo más profundo: auto-compasión.

Un líder que se trata con dureza:

  • Exige desde el miedo
  • Reacciona más de lo que responde
  • Confunde control con liderazgo

Un líder que practica la auto-compasión:

  • Aprende del error
  • Regula sus emociones
  • Lidera desde el ejemplo

La compasión no debilita.
Ordena.

Presencia ejecutiva: mente, cuerpo y alma

La presencia ejecutiva no es solo cómo te paras o cómo hablas. Es coherencia entre lo que piensas, sientes y proyectas.

Por eso trabajamos el liderazgo desde tres dimensiones:

  • Mente: creencias, narrativa interna, claridad
  • Cuerpo: postura, energía, lenguaje no verbal
  • Alma: propósito, valores, intención

Cuando estas tres se alinean, el liderazgo se siente. No se impone.

Un compromiso concreto

Para cerrar, te propongo tres compromisos en siete días:

  1. Escucha activamente una conversación completa
  2. Hazte genuinamente curioso con alguien de tu equipo
  3. Conecta con intención, no con prisa

Porque el liderazgo no se transforma en discursos.
Se transforma en micro-decisiones diarias.

Para cerrar

Quiero dejarte con esta idea que resume todo lo anterior:

“La confianza se inspira cuando la gente se siente vista, escuchada y cuidada.”

Y también con esta certeza:
El liderazgo consciente se vive con presencia, se gana con confianza y se multiplica con empatía en acción, cada día.

Ahora la pregunta es para ti:
¿Desde dónde estás liderando hoy… y qué impacto estás generando sin darte cuenta?

Ale Marroquín
Acompaño a profesionales en su camino de transformación para que puedan acelerar su potencial a través de su presencia ejecutiva.